Solo un pensamiento...


Las palabras dichas son llevadas por el viento y olvidadas la mayoría de las veces, pero las escritas no conocen de tiempo, son perennes. En honor a ellas; algunos de mis trabajos. 





miércoles, 29 de agosto de 2012

Malvina Pesate:

“Un ángel tomó la bala y la dirigió”

Una primer tiro -hasta el momento se desconoce de qué bando salió- desató una verdadera guerra en la avenida Baralt, Caracas. Policías, francotiradores, militares y civiles atacaron y fueron atacados en un frente de batalla que dejó una docena de muertos y cientos de heridos.

Daniel Murolo
Edición Aniversario La Región
La imagen de Malvina Pesate cayendo al piso luego que una bala atravesara su rostro, le dio la vuelta al mundo. Ella, al igual que una gran cantidad de venezolanos, salieron aquel 11 de abril de 2002 a la calle para pedir la renuncia del Presidente de la República. 

“Era la primera vez que me colocaba una franela que me identificaba con un partido político”, recuerda una década después, tras añadir que a su juicio fue justamente el vestir esa prenda tan llamativa (amarilla) y su estatura (casi 1,80) lo que la convirtió en un blanco fácil para el francotirador desconocido que esa tarde le quitó la vida a varios manifestantes. 

Malvina asegura que nunca escuchó ninguna detonación de arma de fuego. “Yo veía eran piedras, una lluvia de piedras que nos lanzaban, recuerdo que cuando llegamos a la esquina de La Pedrera, los muchachos que estaban conmigo me pidieron que me quedara allí, mientras ellos se adelantaron”.

- En segundos vi un señor que estaba a pocos metros de mi (Jorge Tortoza), caer de cara al piso, comenzó a botar mucha sangre, me asusté y comencé a llamar a quienes estaban conmigo, en ese momento sentí el impacto.

“No era dolor, fue como un golpe muy fuerte en la cara y pensé: me pegaron una pedrada”, su rostro comenzó a dormirse y es cuando cae hacía tras perdiendo el conocimiento. “Todos pensaban que estaba muerta, me arrastraron hasta una pared, recobré el conocimiento y es cuando me suben a una moto de la Policía Metropolitana y me trasladan a un centro de salud”.

Malvina se enteró que había recibido un balazo tres días después, en la habitación de la clínica en la que se recuperaba. “Siempre pensé que había sido una pedrada, veía a mis amigos y familiares llorar y les pedía que se quedaran tranquilos, que sólo había sido una piedra”.

“No tengo duda, un ángel tomó la bala y la dirigió, sólo eso puede explicar que haya entrado a pocos centímetros de mi boca , reventara mi mandíbula y saliera por la nuca, causando sólo insensibilidad absoluta en varias partes de mi rostro al dañar varios nervios”. No dejó esquirlas, los médicos no entendían qué había pasado, sólo observaban atónitos  el curso de la bala a través de la cabeza de Malvina. 

- Hoy en día tengo insensibilidad en ciertos puntos dentro de la boca. Las cosas me cambiaron de sabor, tuve que aprender a comer. Una bala que me pudo haber matado o dejarme en vida vegetal, no hizo nada. El hueso soldó perfecto, si ven una radiografía no creerían que el algún momento sufrí una fractura de esa magnitud.

Una década después del suceso, asegura que fue difícil volver a la normalidad tras conocer lo cerca que estuvo de morir. “No entendía como alguien pudo quererme matar sin conocerme, sin que yo le hubiese hecho algo, yo estaba simplemente manifestando, como cualquier otro ciudadano”.

Desde entonces cada 11 de abril le cantan cumpleaños. “Yo volví a nacer ese día, todos los años mis amigos y parientes me pican una torta y me cantan, estoy viva, me dieron una segunda oportunidad y eso hay que celebrarlo”.

Pese a la presión de la familia y de muchos allegados, Malvina volvió a las calles a manifestar pocos meses después del tiroteo, “no he abandonado la calle, sigo en pie de lucha por lo que creo, Dios me dio una segunda oportunidad y no pienso desperdiciarla”.

“No entendía como alguien pudo 
quererme matar sin conocerme”.


Daniela Bascopé

“A mí no me quedó más
opción que luchar o morir”

El relato de supervivencia de Daniela Bascopé, talentosa actriz diagnosticada con cáncer a los 24 años de edad, y su determinación a seguir viviendo
Daniel Murolo
Edición Aniversario La Región
Cuando a Daniela Bascopé le dijeron que tenía cáncer, algo inexplicable pasó dentro de ella. Mientras la mayoría de los pacientes que reciben ese diagnóstico son invadidos inmediatamente por sentimientos como miedo y terror, ella por el contrario sintió paz interior y la certeza de que iba a superarlo.

“Fue casi como un alivio saber finalmente que era lo que tenía”, agrega la joven actriz, quien recibió de boca de su abuelo, quien es médico, la noticia. “Tenía más de un mes en terapia intensiva, operándome de varias cosas, los especialistas no daban con mi diagnóstico, lo que era peor porque la enfermedad avanzaba al no recibir el tratamiento adecuado, mi familia lo supo 48 horas antes que yo”.

Daniela, quien irónicamente en dos ocasiones había interpretado como actriz a mujeres que padecían la enfermedad, comenzaba así su batalla personal con la certeza de que lograría la victoria. “Igual que sucede con los hombres que van a la guerra, a mí no me quedó más opción que luchar o morir”.

El proceso no fue fácil, asegura que estuvo lleno altibajos y depresiones. “No es que tuve una metodología clara para superar la enfermedad, fui aprendiendo en el camino, en mi caso me apoyó muchísimo la familia, fue fundamental, recibí el apoyo de muchos amigos y personas no conocidas”.

- La parte más difícil la vi como una experiencia que me podía dejar una enseñanza, dejé de  preguntarme por qué a mi y comencé a buscar el significado de por qué me estaba pasando, traté de sacarle provecho a mi enfermedad, ver qué mensajes me enviaba, qué cosas me quitaba y cuáles tenía que valorar más.

Recuerda uno de esos días difíciles en los que pensó que no podría superarlo. “Ese día sentí mucho miedo y recuerdo que tuve un pensamiento directo hacía Dios, le dije: `Coño no quiero que me saques del juego aún´”.

Asegura que perder el cabello fue lo de menos. “Tuve que vivir tantas cosas antes y durante el tratamiento que perderlo fue una estupidez, estar en terapia intensiva fue lo peor, lo más duro”.

La experiencia hizo entender a Bascopé la vulnerabilidad humana y la enseñó a apreciar la vida con otros ojos, aunque aclara que el hecho de haber superado una experiencia de este tipo no implica “que uno viva en un estado de iluminación perenne”.

“Si hay muchas cosas que se redimensionan, hay días que te das cuenta más que otros, uno tiene la tendencia de ir olvidando -ya han pasado 5 años- hay cosas que me quedan y que no se olvidan, trato de no darle importancia a lo que no lo tiene”, reseña, tras aclarar que ahora valora más a su familia y se “vacila todo los detalles de la vida, desde el jugo de lechocita con limón hasta la luz que entra al vehículo cuando manejo”.

Vencer y vivir
El relato de sobrevivencia de Bascopé quedó plasmado en un libro, el cual desde su publicación ha servido de inspiración a cientos de venezolanos que les ha tocado librar la misma batalla. “No es que yo tenga todas las respuestas, pero quizás muchas cosas que yo hice en mi proceso le sirvan a otros”, aclara, luego de recordar que escribir “Vencer y Vivir” fue una terapia.

“Siempre había escrito diarios, es una forma de hacer catarsis muy útil que siempre recomiendo, a medida que fui escribiendo me di cuenta que podía transformarse en una herramienta útil para los demás, no solamente para que yo me descargara (...) se lo pasé a  Antillana que fue la editorial que me la publicó y ya vamos por la quinta edición”.
“Le dije a Dios: Coño no quiero 
que me saques del juego aún”.

miércoles, 4 de julio de 2012

Actriz venezolana, Elizabeth Morales:


“Por mi paz mental 
y la de mis hijos 
viajé 5.604 kilómetros”

A pesar de mantenerse en la cresta de la popularidad en la tv, Elizabeth Morales decide junto a su familia dar un cambio radical en su vida y residenciarse desde 2004 en Canarias, huyendo del principal problema de los venezolanos: la inseguridad.


Daniel Murolo 
Edición 46 Aniversario La Voz
El día llegó. Un profundo sentimiento de abandono la embargó, comenzó a llorar sin parar, sólo recuerda que cuando el avión despegó volteó a ver a su esposo, quien viajaba a su lado sosteniéndole la mano, “yo no sé de qué nos estamos salvando, pero nos salvamos”, le dijo.

Han pasado 8 años. A diferencia de muchas otras actrices, Elizabeth Morales no se fue del país en busca de su internacionalización, mucho menos huyendo de la fama generada por su trabajo en 17 telenovelas y un importante número de películas. “Me vine a Canarias por mis hijos, escapando de la inseguridad”.

Elizabeth se negaba a tener que educar a sus hijos tomando como base la prevención ante el alto indice de inseguridad, pues vivía en Caracas, la cuarta ciudad más violenta del mundo. “Cosas tan tontas como ir en el carro y armarle un lío a mis niños como si estuvieran cometiendo un gran pecado porque habían bajado la ventanilla o ir aterrada a llevar a mi hija al colegio, que quedaba a dos cuadras, porque habían secuestrado a un niño en la zona, era demasiado para mi”.

- Todo eso nos fue llevando a tomar la decisión de venirnos a otro país, donde no tuvieran que crecer mis hijos con tanto miedo, además rechazaba tener que educarlos con la convicción de que era algo normal, que creo ese es el problema en Venezuela, que cuando nos acostumbramos a que hay que vivir de esa forma llegamos a creernos que es normal.

Hoy día vive junto a su esposo, el también actor José Zambrano, en Santa Cruz de Tenerife, España. No ha vuelto desde entonces a Venezuela, pero asegura que sigue de cerca los acontecimientos que ocurren en su patria. 

“Yo me vine muy agobiada y obstinada, en un momento cuando no sólo el problema era la inseguridad, sino que todos los días habían protestas en Caracas, cierre de calles, las llamadas guarimbas, estaba muy saturada, lo hice por mi estabilidad emocional y la de mis hijos”, recuerda.

Morales, quien logró el reconocimiento como actriz en Latinoamérica por su actuación en Amor de Papel (coproducción con Antena 3 España),  Peligrosa y Ángel Rebelde (realizada en Miami), recuerda claramente cual fue el detonante para tomar la decisión de dejarlo todo.

Un día al llegar a su residencia se encontró con una amarga sorpresa: sujetos habían ingresado tras forzar la cerradura cargando con todas sus pertenencias. “Es horrible sentir que violaron tu intimidad, ver tu ropa interior en el piso y saber que alguien la manoseó, ver las pisadas (...) no sólo el vivir eso, es saber que esos delincuentes vieron como vivías, cuantos hijos tenías, sino que los pocos ahorros que teníamos entonces los tuvimos que gastar cerrando la casa como una jaula”.

Inmigrante privilegiada
Asegura que el proceso de adaptación fue fácil. “Me vine a un sitio donde ya tenía familia viviendo, para rematar muchos de mis grandes amigos de Venezuela ya se habían venido a vivir para acá, eso facilitó mucho el proceso”.

“Yo no me creía una diva en Venezuela, nunca, lo que sí me creía era que había nacido para ser actriz, para trabajar en teatro y cine el resto de mi vida, yo estaba canalizada que esa sería mi vida hasta que muriera; pero qué descubro al salir de mi país, pues que yo sí era capaz de vivir de otra cosa y no lo sabía, pensé que me iba a pegar, pero no fue así”. 

En Canarias a Elizabeth le ha tocado hacer de todo, “cosas que en Venezuela jamás imaginé que podía hacer: trabajar como asesor de seguros, vendiendo lineas tenefónicas, tuve un local donde sacaba fotocopias, enviaba fax, productos de regalos y hasta agente inmobiliario”, enumera entre risas.

En cuanto a su mundo, el de la actuación y el espectáculo, recuerda que al llegar a España lo primero que hizo fue tocar puerta en los canales locales. “Hice casting, pero cuando fui conociendo como era el medio aquí, supe que era imposible pretender vivir de eso, tengo una familia y debo trabajar en lo que sea, y lejos de molestarme o pegarme, me gustó. Al principio fue como una aventura, ya no lo es, es parte de mi vida”.

Trabajó como productora y presentadora en  Millenium MX, formando parte de un novedoso concepto en radio “Confidencias en un baño de damas”, para luego liderar el magazine matutino Buen Día durante dos años. Es cuando le llega la oportunidad de subirse nuevamente a un escenario

- Lo que hago como actriz acá es casi por hobby, hasta el momento he presentando dos obras “Monólogo con Ovarios” escrita por la venezolana Indira Páez y “Adictos” una pieza de José Enrique Padrón que muestra de forma cruda la realidad del consumo de droga entre los jóvenes.

En cuanto a regresar a su país, asegura que hasta el momento no se lo ha planteado. “No cambio la paz que acá tengo por nada, además sería muy difícil para mis hijos, cómo decirles que no pueden ir a una plaza a pasear con sus amigos hasta tarde porque es peligroso. Pero no digo que no, porque cuando yo estaba en Venezuela y veía a mis amigos que se venían para acá, yo decía que ni loca lo hacia y aquí estoy”.

Sin embargo asegura que añora la forma de ser de la juventud venezolana, “quizás no tiene la libertad de salir solos por la inseguridad, pero tienen otras cosas como la crianza y cultura que me gusta y tanto extraño”.

Porque mi salud está primero
Elizabeth no sólo tuvo que sacrificar su fama por el bienestar de su familia, sino también privarse de alguna de las cosas que más amaba hacer y degustar en su Venezuela. “Si me preguntas qué es lo que más extraño, te diría el olor del mar, porque aunque vivo en una isla (Tenerife, archipielago canario) acá no huele como en Venezuela (...) yo recurdo bajar hacia La Guaira y estando aún lejos de la costa bajar la ventanilla del carro y decir: que rico, huele a salitre a mar, aquí no”.

Recuerda igualmente la bahia de Cata, lugar donde desde niña -asegura- pasó todas sus vacaciones y luego de casada Higuerote y a la isla La Tortuga. “El platano, como lo extraño, aquí no lo hay,  me he acostumbrado a freir el cambur, porque para nosotros (los venezolanos) es un contorno casi obligado, a veces se consigue ya picado y cogelado, yo feliz como una limbruiz, me sabe a gloria”.   

Actor y escritor venezolano Leonardo Abreu


“El estrés de las colas me
hizo huir de Venezuela”

Estando en España, el también guionista comprendió que la vida es una sola como para perderla esperando, bien sea dentro de un automotor, en un supermercado o para tomar un autobús

Daniel Murolo 
Edición 46 aniversario La Voz 
El exilio económico y político que provocó la dictadura fascista del general Franco (1936-1975) obligó a la familia Abreu a cruzar el Atlántico hacia el nuevo continente. Llegaron a Venezuela procedentes de las Islas Canarias en la década del 60, acá encontraron paz y tierra fértil, echaron raíces, conformaron una familia.

“Quién iba a imaginar que después de tantos años sus hijos repetirían la historia, regresarían a Canarias”, reseña Leonardo, uno de los dos hijos que la familia Abreu crió y educó en Venezuela, “me regrese a España buscando exactamente lo mismo que mis padres hace 40 años: calidad de vida”.

Leo, actor y guionista de telenovelas, cumple ya 4 años viviendo en Tenerife. “Me vine buscando un poco de calidad de vida y es lo que he encontrado, no es que Venezuela no me guste, extraño muchísimas cosas, pero por mi salud mental y hasta física tuve que venirme, mis padres siguen allá, en Caracas”.

Asegura que vivir “haciendo cola” no es vida, “uno entiende que pueda haber congestión en las calles de Caracas de lunes a viernes, porque son días laborales, por la misma dinámica de la ciudad, pero cuando es sábado o domingo y la cosa no cambia, es demasiado”, reseña.

“Colas para todo, para ir al banco, para ir al cine, para tomarte un café, para entrar al cine, al teatro, sientes que la vida se te va en las colas”, reseña Abreu, quien vive en la actualidad en Cuesta de La Villa, La Orotava, una pequeña ciudad a los pies del Atlántico y a espaldas del volcán Teide, ubicada a 30 minutos de la capital Santa Cruz de Tenerife.

Pero más allá del tiempo que se pierde al esperar en fila, agrega que el problema de fondo es lo que esto genera en el comportamiento de las personas. “Ni hablar de todo lo que se ve en una cola, siempre está el más vivo, el que reclama, las amenazas, la violencia, es un circulo vicioso que estresa, que desgasta física y mentalmente”.

“Acá toca guapear y tratar de que la melancolía no te haga malas jugadas”, agrega el joven actor, tras recordar como extraña los cachitos y subir cada domingo el cerro Ávila “de donde se puede escuchar la ciudad, es algo mágico”.

A diferencia de otros venezolanos erradicados en España, Leonardo visita su país cada vez que puede. “Todo sigue igual, fui a Venezuela en diciembre, el problema no es político, es de idiosincracia, es social, lamentablemente y allí entra la inseguridad, ya no eres tan libre como lo eras antes y cada año que pasa uno es menos libre, lo triste es que la gente se está adaptando, cuando sales al exterior te das cuanta que vivir así, no es vivir”.

- Pasa como a los cubanos que nunca han vivido en democracia, mientras no salgan de la isla ellos están contentos, el problema es cuando pueden comparar, me pasó muchas veces cuando iba de vacaciones a determinado sitio y volvía, decía: por qué no podemos cambiar, intentas ser el ciudadano estrella pero te traga la realidad, terminas comportándote como  el resto.

Asegura que por esa razón aumentó la emigración de venezolanos. “Hubo una ola impresionante desde el 2000 que emigraron, recuerdo que cada vez que el Presidente daba una cadena, las colas frente al consulado eran impresionantes, no sé como será ahora, ahora en cualquier parte del mundo hay un venezolano”.

Leonardo le debe a Venezuela lo que es, eso lo tiene claro. “Desde hace 11 años escribo guiones para tv, pero comencé como actor, haciendo comerciales de televisión”, agrega, tras enumerar las producciones en las que trabajó: “Muñeca de Trapo, luego Trapos Íntimos en RCTV, en la que interpretaba un personaje muy interesante, la novela tuvo que ser recortada porque fue la época del paro, el ataque contra los medios por lo que se tuvo que reducir los exteriores y con ello se redujo el guión”.

- Luego estuve en Miami haciendo La Caribeña, una telenovela para una televisora local de Miami, eso me ayudó a entrar a la escuela de Alberto Gómez, que es un gran dramaturgo del género rosa y es a lo que me dedico ahora, hago guiones para telenovelas y radio novelas en México. Recientemente estuve dialogando para la novela Natalia del Mar.

En la actualidad trabaja en una obra de teatro en la que actuará junto a la actriz Elizabeth Morales bajo la producción de Arnaldo Tejera, todos venezolanos. “Trata el tema de la separación, una pareja del tercer piso que se hicieron novios muy jóvenes, él piensa que ella lo engaña con otro y ella que él la engaña con otro, a través de una terapia se desarrolla una trama divertida con pinceladas de realidad, pero siempre utilizando la realidad”. La misma será estrenada en Canarias en septiembre.

En cuanto a la posibilidad de volver a su país, Leonardo es enfático al decir que por razones de trabajo iría sin pensarlo mucho, a vivir de nuevo, no se lo ha planteado. “Uno no debe decir de esta agua no beberé, el ejemplo son mis padres, ellos en un momento se fueron a Venezuela porque aquí no se podía vivir, no por el tema de la inseguridad, sino por el económico, el Bolívar  entonces valía mucho más que la peseta, quien iba a decir que sus hijos se iban a regresar porque iba a ocurrir lo mismo en Venezuela, quien sabe, la vida es cíclica, quizás me toque regresar de nuevo.



Porque mi salud esta primera
Leo no sólo dejó en Venezuela una carrera como actor, sino también a grandes amigos y lo más importante su familia. Cree que el sacrifico vale la pena, tomando en cuenta el estrés al que estaba sometido debido al caos y la inseguridad que reina en la capital de la República. Aclara que cada vez que puede toma un avión y regresa a su tierra, donde disfruta de las playas cálidas y de la alegría que caracteriza a los venezolanos.

lunes, 2 de julio de 2012

La historia de dos imágenes con una intrigante similitud

28 de marzo de 1993. Kilómetro 57 de la ARC

Dos tragedias inmortalizadas 
a través de un click
Daniel Murolo 
Diario La Región
Entre ambas hay casi dos décadas de diferencia. Tomadas por testigos presenciales de hechos aislados ocurridos en tiempos y puntos geográficos distantes, guardan entre si una intrigante similitud. Fernán y Deysi lograron captar para la historia en imagen la desolación dejada por dos emblemáticas tragedias.

Una en blanco y negro, la otra a full color. En ambas el protagonista es un autobús convertido en amasijo de hierro sobre un pavimento agrietado por el intenso calor de las llamas, socorristas consternados por lo ocurrido le otorgan el “elemento humano” y en primer plano, el cuerpo de una de las tantas víctimas de la tragedia.

La primera fue tomada el 28 de septiembre de 1993 a la altura del kilómetro 57  en la Autopista Regional del Centro; Fernan Hernández fue el primer reportero gráfico en llegar al lugar, ubicado muy cerca de Las Tejerías, población aragüeña.

29 de diciembre de 2011. Kilómetro 04 de la Panamericana

El hecho ocurrió a las 7:45 a.m, hora de mayor tráfico en dirección a la ciudad de Caracas. Una excavadora de la empresa española Abengoa que hacía trabajos para la instalación de un cable de fibra óptica en un lateral de la autopista perforó el gasoducto de la sociedad Corpoven, filial de la estatal Petróleos de Venezuela. La explosión, con una onda expansiva de 200 metros, fue inmediata.

La bola de fuego envolvió los vehículos que en cola avanzaban lentamente producto de los trabajos. Aunque más de una docena de carros resultaron calcinados, Hernández, reportero gráfico, centró su atención en el autobús.

“Habían muchos cadáveres -cerca de 50 personas murieron calcinadas- diseminados en los cuatro canales de la ARC, pero ver aquella unidad colectiva quemada completamente, parcialmente destruida por las intensas llamas, era desolador; esa instantánea resumía la magnitud de la tragedia”, recuerda Hernández.

“El calor era tan intenso que las suelas de mis zapatos se derretían”, recuerda el reportero; “la enorme llamarada de fuego se podía observar desde varios kilómetros de distancia, era algo subreal”.

El relato de Fernan es dramáticamente similar al de Deysi Peña, quien casi 20 años después, el 29 de diciembre de 2011, presenció y registró para la historia una gráfica similar.

A diferencia de lo ocurrido en la ARC, en el kilómetro 4 la Panamericana  se desató el infierno luego de que el conductor de una gandola cargada con combustible perdió el control y se encunetó derramando la gasolina. En cuestión de segundos un auténtico río de fuego consumió varios vehículos, entre los que se encontraba una unidad colectiva.

“Aunque lo primero que vi al llegar fue la gandola aún en llamas, mi atención, al igual que la de todos los que allí estábamos, era el autobús, pues hasta ese momento desconocíamos cuantas personas habían dentro”, recordó.

Aquella tarde Peña hizo cerca de un centenar de fotos de lo ocurrido; “sin embargo al momento de tomarla supe que esa era la que estaba buscando”. La misma no sólo fue publicada en el diario La Región, sino también en primera página de La Verdad (Zulia) y reproducida en varias paginas web nacionales e internacionales.

 
“Varios días después fue que un compañero de trabajo me comentó la similitud de mi imagen con la famosa foto del autobús calcinado en `La Tragedia de  Tejerías´, fue cuando la busque y la vi”, recuerda.

Más allá del hecho curioso en el parecido de ambas gráficas, Hernández y Peña destacan que queda claro una vez más el poder de la imagen. “No importan los años que pasen, cuando una foto habla por sí sola queda grabada en la memoria de una sociedad, inmortalizando el momento”, sentenció Peña.

Fotos: Fernán Hernández (1993) - Deysi Peña (2011)

jueves, 21 de junio de 2012

Ayúdenme a ubicar a esta parejita

Amor al borde de “El Abismo”

Daniel Murolo 
La Región / Revista Dossier
Sinceramente el nombre de los protagonistas no lo recuerdo. Dejé pasar mucho tiempo entre el día que presencié la escena que me “inspiró” a escribir este post (5 de abril 2012) y el momento en el que me senté formalmente a redactarlo (20 de junio 2012). No me queda otro remedio que bautizarlos, desde ahora los llamaremos J y G.

Serían las 12:30 del medio día. Luego de caminar y pedir cola por más de 13 kilómetros desde el Campamento Catedral, vía El Paují (estado Bolívar), finalmente estábamos en la cima del Tepuy Kanauyén. El esfuerzo había valido la pena. Nos habían descrito "El Abismo", como uno de los lugares más bellos y espectaculares de la Gran Sabana. Pero se quedaron cortos, muy cortos.

Este lugar al que solo se llega caminando (perdí la cuenta del tiempo me eché) es el punto exacto de la geografía venezolana  donde termina la Gran Sabana y comienza la selva brasileña. Mi grupo, compuesto por un par de colegas y amigos, quedamos en silencio ante la impresionante vista.

Durante el ascenso, fueron muchas las personas con las que compartimos el camino, sin embargo un grupo compuesto por unos 15, que previamente nos habían dado la cola en tres camionetas en la que viajaban desde El Paují hasta la base del Tepuy, llamó particularmente nuestra atención. Ya J y G se habían cruzado en nuestro camino.

Nuestro silencio, producto de la contemplación, fue interrumpido por una pareja, dos señores de aproximadamente 60 años de edad que por fin llegaban a la cima, donde al filo del Tepuy J los esperaba impaciente con el resto de la familia.

“Suegros menos mal que llegaron, los traje hasta acá para pedir la mano de su hija”, dijo J, mientras sacaba de su koala una caja con lo que toda mujer desea tener en su dedo anular: una roca brillante.
La escena arrancó aplausos no sólo entre los familiares de J y G, sino entre algunos de los que me acompañaban y digo algunos, porque las chicas, no pudieron ocultar en su rostro una mezcla de envidia (no de la buena), guayabo y asombro.

“Te quieres casar conmigo”, agregó el chico, inyectando emoción a sus familiares y frustración a las solteras que me acompañaban. Sin duda J se la había comido. Lograr arrastrar a toda su familia hasta el punto más alto del Kanauyén,  que por cierto significa "sitio de mujeres menstruando", para pronunciar al borde de un abismo la referida celebre frase, amerita quitarse el sombrero ante él.

Pero a diferencia de lo que yo pensaba y seguramente ustedes piensan ahora, J no es el primero que protagoniza esta escena, digna de un film romanticon de hollywood, en “El Abismo”. En El Paují, abundan las historias como la de ellos.

Unos años atrás un chico caraqueño, tan sudado como J tras el empinado ascenso, le pidió la mano a su chica en el mismo lugar. Unos meses después  volvieron a El Paují a casarse y posteriormente bautizaron a sus hijos (morochos) en la iglesia de este pintoresco pueblo.

Igual ocurrió -según narran los residentes- con otra parejita, quienes retornaron luego de varios años a este punto del sur de nuestro país para montar un negocio y vivir “felices para siempre”.

“Es un lugar mágico, la leyenda dice que pareja que se compromete en el abismo permanecen junta hasta que la muerte les separa”, me explicó una vendedora de miel de la zona, arrancando risas fingidas de las chicas que me acompañaban.

Y algo de cierto debe tener la leyenda. Una de las solteras con las que compartí esta experiencia (si, la que casi estalla de envidia al escuchar a J), terminó enamorándose durante este viaje de un chico de la zona, hasta hoy (junio) siguen juntos. La otra, no pierde la esperanza. 

En cuanto a J y G lo poco que recuerdo es que viven en Cagua, estado Aragua, que ella estudia en San Juan de los Morros y que se lanzarán al agua (Dios quiera y no sea al abismo) a finales de este año. Acá les dejo la foto que les tomé, si los conocen díganle que con gusto los acompaño a brindar (o por lo menos avísenle que son famosos).  

Fotos: Daniel Murolo

miércoles, 18 de abril de 2012

Un rincón asombroso donde culmina la Gran Sabana



El Paují
y su catedral





Daniel Murolo 
La Región / Revista Dossier 
Toda catedral que se precie (si no sería una iglesia) exhibe orgullosa un campanario, al menos una docena de vitrales, un gran altar, confesionarios, bancos y un pobre pidiendo en la puerta (imprescindible). Pero la que se encuentra en la vía hacia El Paují, al sur del Estado Bolívar, a unos 75 Kilómetros al oeste de Santa Elena de Uairén, no necesita nada eso.

No tiene imágenes, altas columnas, claustro o sacristía. Su principal atractivo es su enorme bóveda creada por las ramas de los frondosos árboles centenarios que la rodea; cúpula natural que resguarda celosamente una de las mayores “reliquias” de la Gran Sabana: una cascada de 15 metros de altura conocida como Salto Catedral.

Nadar en sus frías aguas rojizas energiza el cuerpo y hace olvidar el largo trayecto para llegar hasta ella. El recorrido desde Santa Elena se hace en poco menos de dos horas, por la carretera de tierra que conduce a Icabarú, una vía con vista a inmensos tepuyes, flanqueada de selvas impenetrables y extensas sabanas.

Se abandona la comodidad del vehículo (rústicos) faltando unos 12 kilómetros para llegar a El Paují; el sendero que lleva al salto está ubicado justo en el “Camping Catedral”, un restaurante con área para acampar propiedad de la familia Amiel.

La caminata es de unos 15 minutos por un sendero bien señalizado y sin mayor dificultad. La vegetación tupida impide ver el salto hasta que se está a escasos 20 metros. El pozo sobre el que cae la cascada es poco profundo, rodeado de piedras y con un piso de arena rosada debido al gran número de minerales que posee.
Acampar en la zona, que es mi recomendación, es toda una experiencia. La familia Amiel, que llegó a la Gran Sabana hace más de 25 años procedente de Israel, logró crear un campamento con ambiente familiar en estrecha comunión con la naturaleza.

Para quienes disfrutamos dormir al aire libre, ofrecen una amplia zona de camping, donde por sólo 40 Bs. por vehículo puedes armar tu carpa y tener acceso a duchas y baños. Igualmente tienen hospedaje en cabañas equipada con agua caliente, ubicadas en medio de la selva, con capacidad para 4 y 6 personas. 

Pero sin duda lo mejor de Camping Catedral es su restaurante, atendido por Orinoco, Lior y Hod (hijos de Josy e Irit), ofrecen desayunos, almuerzos y cenas, expertos en comida vegetariana elaborada con productos del huerto familiar.
.

Es imperdonable pasar por allí y no probar el vino, las infusiones y la mermelada de malva (flor de jamaica), hechos por Irit; así como los jabones de tierra, propóleo y miel, esta última famosa por su alta calidad procedente de floración amazónica salvaje; todos estos productos  elaborados artesanalmente en base a cosecha ecológica, 100% pura y natural.

En la zona, famosa luego que en 1942 un minero descubriera el diamante más grande de Venezuela y uno de los diez más grandes del mundo, tiene otros sitios de extraordinaria belleza natural que debe conocer, mi recomendación: El Abismo.

Ubicado a 20 km del campamento, justo en la población de El Paují, es un mirador al que se accede subiendo una montaña, la sensación es abrumadora, es estar en la cima de un tepuy contemplando desde lo alto la imponente selva amazónica. Literalmente es el punto donde culmina la Gran Sabana.


El contacto para pasar unos días en este lugar único, donde se aprende, sin mucho esfuerzo, a vivir y escuchar el silencio, el ambiente natural y ser parte de él, es el amigo Gerardo al teléfono 0414-2183184, quien se encarga de hacer las reservaciones.

Fotos: Daniel Murolo